El viajero llega al aeropuerto y —si ha ido en su automóvil—, toca buscar dónde dejarlo hasta su viaje de vuelta; busca, pues, el aparcamiento, y por más que mira y mira no ve ningún letrero que lo anuncie, ni tampoco ve escrito parking, palabra extranjera cuyo significado conoce bien. Le pregunta a un taxista, y este señala un cartel en el que pone car park… y aún estamos en Madrid.

Con la maleta en la mano nuestro personaje entra en el edificio del aeropuerto con la intención de facturar su equipaje y obtener la tarjeta de embarque. El hombre es algo corto de vista y solo puede leer las letras grandes, y en ningún cartel pone facturación con letras grandes; lo único que ve es check in, decide acercarse porque ve que hay colas de gente con maletas, y finalmente logra leer lo que sí está escrito en español, pero con letras mucho más pequeñas: facturación.

Gracias a cierto favor logró comprar un pasaje de clase preferente a precio de clase turista, y la señorita de uno de los mostradores del check in le indica que debe ir a otro, donde está escrito business class… y vuela en la compañía nacional española Iberia. Pero daría igual que volase con alguna otra aerolínea española, pues la clase preferente puede llamarse avant class o premier

Ya con su boarding pass (tarjeta de embarque) en la mano verá cómo sus maletas se alejan por una cinta transportadora y nadie le dirá que a partir de ese momento todo lo que le ocurra a su equipaje será responsabilidad del servicio de handling.

Ahora se dirige con pasos vacilantes —leyendo todos los letreros— hacia un sitio donde le han dicho que, por su categoría de viajero en business class, podrá esperar el avión más cómodo que en las salas generales; ese sitio es la sala vip. En su paseo se fija en unas lujosas tiendas que hay a lo largo del ancho pasillo, y en esas tiendas que va encontrándose ve repetido, una tras otra, un letrero que dice tax free, y que ese letrero está en la joyería, en la zapatería, en la tienda de un modista de nombre italiano e incluso en una especie de pastelería en la que le llama la atención un cartel que dice delicatessen. Finalmente llega a la altura de una gran tienda, una especie de supermercado donde hay tabaco, bombones, bebidas, perfumes, juguetes; mira hacia arriba para ver cómo se llama ese sitio y se topa con un anuncio en el que está escrito duty free shop.

Su recorrido termina frente a unas puertas correderas de cristal sobre las que está escrita la palabra que buscaba: vip; entra, y se encuentra ante un mostrador en el que una atenta señorita le pide que le enseñe su tarjeta de embarque y toma nota de los datos de su vuelo. El salón de la derecha es amplio y los sillones y los sofás invitan a sentarse. Al fondo hay una pequeña barra de bar y unos anaqueles con vasos, tazas y botellas de refrescos y licores; pero no se divisa ningún camarero. Finalmente, el viajero inexperto ve que sus compañeros de espera se sirven solos, y es que sabían qué demonios quería decir aquel letrero donde ponía self service. Tampoco sabía, pues nadie se lo había contado, que se enfrentaba por vez primera con los servicios de catering.

Por un altavoz reconoce la voz de la señorita del mostrador que ahora lo está avisando para que vaya hacia la puerta de embarque. Llega, se pone en la cola y oye otra vez una voz por los altavoces, ahora una voz de hombre, que dice que ya pueden abordar el avión, y ese verbo le recuerda las películas de piratas de su niñez. De pronto se ve ante un túnel estrecho y con cierta inclinación hacia abajo, no le gusta, pregunta a la señora que avanza junto a él y esta le explica que eso es el finger y que por ahí se llega al avión.

Ya en su asiento, con cierta inquietud ante lo desconocido, comienza a leer todos los cartelitos iluminados que hay repartidos por el avión: fasten seat belts, no smoking,  exit,  emergency exit… y empieza a inquietarse, aunque en un segundo repaso puede ver que también hay cosas escritas en español, pero con letras más pequeñas.

De los que puede leer y casi comprender, el cartel que más le extraña es uno que hay en una puerta pequeñita y que dice: «prohibido fumar en el toilet». Ya le habían explicado sus amigos que en los vuelos nacionales no se podía fumar, pero, si no se podía fumar en todo el avión, ¿qué querría decir ese misterioso cartelito?

Después de despegar la azafata se le acercó y le preguntó qué deseaba tomar. —Un tinto con Casera— respondió. A lo que la atenta señorita repuso: —Perdón, pero en nuestro catering no hay Casera, tendrá que ser con Sprite o con Seven Up.

Harto de no fumar decidió aprovechar las ganas de orinar para encender un cigarrito en el lavabo; entró, cerró con el pestillo, prendió el cigarrillo y empezó a disfrutarlo mientras satisfacía su necesidad fisiológica. De pronto se encendió una luz roja y sonó un pitido, y en ese mismo momento alguien llamó a la puerta. Abrió asustado y tuvo que aguantar un rapapolvos del sobrecargo y las amenazas de multarlo según la ley. Había fumado en el toilet